Nómina actualizada – Incendio de La Compañía

Fran Solar

A continuación encontrarán la lista consolidada de identidades presuntas de las víctimas del incendio de La Compañía. Es un trabajo que me tomó meses y que, si bien esta es la versión más actualizada, sigue en permanente escrutinio. No es una lista de muertos totales, pues lamentablemente eso no existirá jamás. Como seguro ya saben, el número concreto de fallecidos es incierto y por muchas razones, siendo la más importante que el estado de carbonización cadavérica no permitió un adecuado reconocimiento forense -por eso no tuvieron sepulturas individuales sino una fosa común- ni un conteo inequívoco, obligando a las autoridades a ir aumentando casi a diario las cifras públicas al percatarse de que necesitaban más y más carretas para acarrear los cuerpos desmembrados desde las ruinas del templo hasta el cementerio general. El dificultoso trabajo de recolección de identidades se hizo en paralelo y en él fueron indispensables los testimonios de decenas de rescatistas, el esfuerzo del equipo de la Intendencia y los reporteros de diversos periódicos santiaguinos –El Ferrocarril, La Voz de Chile– que publicaban listados corregidos hasta tres veces por jornada desde el 9 de diciembre en adelante. Citando al editor Nicasio Ezquerra (Resumen Histórico del Gran Incendio de La Compañía, 1863), nos advierte que «Para más seguridad diremos, en fin, que el número de muertos llega a 2.200 según el dato pasado al Gobierno por el comandante de Policía, dato que hemos obtenido después de hecha la primera edición», si bien ese número escala hasta los 2.500 cuando The New York Times ofrece sus propias conclusiones -con sus propios corresponsales- en un artículo de portada un mes después de la tragedia, el 14 de enero de 1864 (al que pueden acceder en esta edición especial). Con todo, no hay cifra total segura o irrefutable, por lo que siempre sugiero decir que fueron «más de dos mil» como la aproximación más plausible, en contraste con el documento que les ofrezco donde hay apenas poco más de 1.300 identificaciones presuntas, dejando a cientos de víctimas en un angustioso anonimato desde hace 163 años.

En esta lista consolidada -y con esto me refiero a la triangulación de toda la información disponible en la prensa de la época, ya sean los listados confeccionados con data entregada por familiares de forma voluntaria como también por las pesquisas policiales, incorporando asimismo nuevas pistas que me fueron otorgadas por descendientes- verán el fruto de un intenso chequeo, análisis, comparación y corrección no sólo de nombres y apellidos, sino especialmente -y es quizá mi mayor aporte a la causa- de la «ligazón de afinidad». La violencia del fuego soltó de la mano a familias completas dentro del caos del templo; madres murieron sin saber qué pasó con sus hijos, hermanas fueron tironeadas en direcciones opuestas, abuelos gritaban por sus nietos perdidos entre la estampida. Pocos grupos permanecieron (y murieron) abrazados. Quise que volvieran a abrazarse en la lista. Tomé los nombres dispersos, las entradas duplicadas, los apellidos mal escritos, las señas poco claras («doña Juana murió con su hija, quizá de apellido Santelices», «Fallecieron tres sirvientes de don Justiniano Plaza») y rearmé una lista definitiva que uniera por afinidad -sanguínea, laboral o habitacional- a todos los que pudiera. Lo logré con muchos, me faltaron tantos. Me duele cada niño que aparece en el listado como si hubiese asistido por sí solo ese día a la misa, sabiendo que probablemente su madre, padre, abuela o doncella está también entre los nombres pero no tenemos cómo comprobarlo. La restricción propia de las lagunas en la información genealógica previa a 1884 -cuando se crea el Registro Civil y comienza el traspaso lento, obstaculizado y a veces fraccionado de data desde los cuadernos parroquiales- así como de los errores esperables en listados que se hacían con premura en un clima de evidente desesperación, dejó a muchas de las víctimas en un limbo identitario que siglo y medio después cuesta mucho resolver. Sin embargo, sé que esto es un trabajo en construcción. Lo que les presento no es una lista definitiva sino la más depurada hasta la fecha, siempre perfectible y ampliable sobre todo en cuanto a la información complementaria, ya que sabemos edades, estatus civil, hasta ciudades de origen o domicilio presunto de muchos, pero de otros no sabemos absolutamente nada. Animo a cada persona que me esté leyendo, nacida y criada en Santiago, a revisar cada nombre con mucha intención y empezar un rastreo intenso de sus antepasados, a ver si logramos poner luz en más víctimas que aún esperan ser reconocidas y devueltas a senos familiares que al día de hoy no tienen ni idea de su existencia. Sin ir tan lejos, yo misma hice un grandísimo descubrimiento pocos días antes de que este texto entrara a imprenta: María Dolores Lecaros Alcalde, a quien verán como la fallecida número 1.266, es mi tía pentabuela, lo que en cristiano significa que es la hermana de mi tátara-tátara-tátara abuela por mi lado paterno, María Mercedes Lecaros Alcalde. Me emocionó hasta las lágrimas. Nadie en mi familia sabía de esto. Doña Dolores por fin ha vuelto a casa, mi casa. Ayudar a las mujeres de La Compañía a recuperar sus raíces, sus nombres reales, sus parientes y por ende su sitio en la sociedad chilena, también es parte del camino de su redignificación. ¿A cuántas más podemos (re)encontrar?

No las hemos olvidado.

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